Como conseguirlo esta vez

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Autora
Mariola Corega
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Menos drama y Más sentadilla

¿Quieres mejorar tu rutina de entrenamiento y fortalecer la parte inferior de tu cuerpo?...

No abandonamos el ejercicio físico para la salud por falta de fuerza de voluntad. Lo abandonamos porque el cerebro, a corto plazo, no quiere cambios. No los quiere, no los necesita y, si puede, los boicotea.


El cerebro primitivo no está diseñado para hacernos mejores, sino para gastarnos lo menos posible. Para ahorrar energía, para repetir lo conocido, para mantenerse en terreno seguro. Cualquier hábito nuevo —moverse más, entrenar fuerza, mejorar la alimentación, descansar mejor— es leído como una amenaza. No como una oportunidad.

En el ejercicio físico para la salud esto se ve con una claridad casi incómoda.

Sabes que moverte te vendría bien, pero el cerebro prefiere lo mínimo indispensable. Sabes que la constancia es clave, pero resulta más tentador hacer algo de vez en cuando que sostener una rutina sencilla y regular. Sabes que tu cuerpo puede adaptarse, pero tu mente no quiere atravesar la incomodidad inicial del proceso.


Y entonces aparecen cuatro enemigos silenciosos, muy eficaces y socialmente aceptados.

La distracción.

Cambiar continuamente de método, no consolidar ninguno, empezar y dejar. Un poco de esto, un poco de aquello, semanas sin continuidad. El cerebro distraído evita el compromiso real. No es curiosidad: es huida. Huida de la repetición, que es donde se producen las adaptaciones que realmente protegen la salud.


La indolencia.

No es pereza evidente, es negociación constante. Hacerlo “cuando tenga ganas”, bajar el estímulo antes de tiempo, posponer siempre un poco más. El cuerpo podría asumirlo, pero el cerebro no quiere incomodarse. Y como manda él, se pacta a la baja.


La inconstancia.

Aquí está uno de los grandes problemas del ejercicio para la salud. Empezar es fácil. Sostener no. El cerebro tolera bien los impulsos breves y los comienzos ilusionantes. Lo que no soporta es la repetición sin recompensa inmediata. Por eso se abandona justo cuando el cuerpo empieza a mejorar de verdad, aunque todavía no se note de forma espectacular.


La condescendencia.

La más peligrosa. Se disfraza de autocuidado mal entendido: “con esto ya vale”, “no te exijas”, “escúchate siempre”. Escuchar al cuerpo es fundamental; escuchar al cerebro que quiere evitar el esfuerzo no lo es. Confundir cuidado con complacencia es una trampa elegante que mantiene el dolor, la debilidad y la dependencia.


Entonces, ¿Qué habría que hacer?


Lo primero es asumir algo incómodo pero liberador: no se trata de motivarte más, sino de negociar menos.
El ejercicio físico para la salud no puede depender del estado de ánimo ni de las ganas del día. Porque el cerebro, si decide, elegirá siempre la opción que menos le cuestione.


La solución pasa por decisiones sencillas y sostenibles.


Reducir el estímulo, no el compromiso. No hace falta hacer mucho, hace falta hacerlo siempre. Pocas sesiones, bien elegidas, asumibles incluso en semanas difíciles. El error no es hacer poco; el error es hacer mucho durante poco tiempo.


Quitarle al cerebro el mando. El ejercicio debe estar agendado, no discutido cada día. Igual que no decides si te lavas los dientes, no deberías decidir si te mueves. Cuando algo entra en la categoría de “esto se hace”, el sabotaje pierde fuerza.


Elegir estímulos que construyan, no que castiguen. El cuerpo necesita sentirse más capaz después de entrenar, no más agotado o dañado. Fuerza bien dosificada, movimiento consciente, progresión realista y descanso suficiente. Cuando el cuerpo mejora, el cerebro deja de percibir el ejercicio como una amenaza.


Cambiar el criterio de éxito. Si el único indicador es la estética o el peso, el abandono es cuestión de tiempo. El verdadero éxito es tener menos dolor, más energía, más estabilidad emocional y más autonomía. Cuando eso aparece, la adherencia llega sola.


Y aceptar algo clave: cuidarse implica una incomodidad inicial. No sufrimiento, no castigo, no heroicidad. Incomodidad. La justa. La necesaria para salir del estancamiento. Quien espera sentirse bien antes de empezar, no empieza nunca. Quien empieza sabiendo que al principio no será cómodo, tiene muchas más opciones de sostenerlo.


El ejercicio físico para la salud no es una moda ni un reto de 30 días. Es una decisión adulta, repetida en el tiempo.


Y cuando se entiende esto, algo cambia: el cerebro deja de boicotear, el cuerpo empieza a responder, y el cuidado deja de ser una lucha para convertirse en una forma de vivir.