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Yoga, no gracias.

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Autora
Mariola Corega
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Menos drama y Más sentadilla

¿Quieres mejorar tu rutina de entrenamiento y fortalecer la parte inferior de tu cuerpo?...

Podría haber empezado este capítulo con datos biomecánicos, con evidencias científicas sobre la ineficacia de los estiramientos pasivos, o con advertencias fisiológicas sobre la respiración forzada y la hiperlaxitud. Pero no sería honesto. O al menos, no del todo. Luego lo haré.


Porque este no es un rechazo técnico al yoga, ni mucho menos a los practicantes. Es un testimonio informado.

Una decisión tomada desde dentro.

Desde años de experiencia profesional en el entrenamiento, sí, pero también desde años de búsqueda espiritual en territorios donde el yoga era puerta, templo y promesa de liberación.

Yo también creí que era solo estirarse, respirar, relajarse.

Yo también me lo tragué.

Y lo hice con el cuerpo, que es como se aprenden estas cosas. Lo hice durante años, con música de cuencos, con incienso, con frases traducidas del sánscrito que repetía con respeto aunque no entendiera su origen. Lo hice convencida de que estaba haciendo algo bueno. Algo sano. Algo espiritual.Hasta que algo crujió.

No es solo una postura. Es una apertura.

Hay palabras que se filtran sin hacer ruido, como quien deja una ventana abierta sin darse cuenta. Palabras como “asanas”, “prana”, “kundalini”, “chakra”, “namasté”. Palabras que se repiten una y otra vez hasta volverse inocuas, amables, incluso bonitas. Pero nada de eso es neutro.


Las asanas, por ejemplo, no son simples ejercicios físicos: son posturas devocionales, creadas para rendir culto a deidades hindúes, con nombres propios y funciones específicas. Cuando repites la postura del guerrero o del saludo al sol, estás honrando símbolos que no comprendes del todo, y que en su origen no tienen nada de relajante.


Y aunque parezca exagerado, no lo es. Porque en el mundo espiritual no todo es lo que parece, y mucho menos lo que te venden en un gimnasio de barrio con luces tenues y aroma a lavanda.

No es una clase de movilidad: es un ritual
enmascarado

La práctica del yoga, incluso en sus versiones más suavizadas, nunca es solo física. No se trata solo de estirar, sudar un poco, respirar y volver a casa.


La estructura está diseñada para inducir una forma de conciencia, para modificar tu estado mental y emocional, y para abrirte —aunque no lo sepas— a códigos que no has elegido. Y no. No estoy hablando de posesiones, ni de demonios que entran por la planta del pie mientras haces el perro boca abajo. No va por ahí. Va por lo que dejas de ver cuando estás demasiado concentrada en sentir.


Va por el sistema simbólico que se instala sin filtro cuando bajas las defensas y dejas que el cuerpo diga sí a algo que la mente no termina de entender.

Cuando el cuerpo se rinde sin filtro, se abren grietas

Lo aprendí tarde, pero lo aprendí de verdad. En mi etapa más sumergida en el mundo New Age —porque sí, yo también pasé por ahí— me especialicé en todo lo que prometía sanación sin compromiso. Desde el rebirthing a las constelaciones, pasando por el yoga terapéutico y el curso de milagros.


Creía estar despertando. Y en cierto sentido lo hacía, pero no a la luz que esperaba. Iba apagando lentamente mi conexión más honda, más clara, más verdadera. No fue con maldad. Fue por ignorancia. Por hambre de algo que me trascendiera sin exigirme transformación real.


Y el yoga, como puerta de entrada, me ofreció dulzura, lentitud, estética cool… Pero no me ofreció verdad. Solo alivio temporal. Y muchas grietas.

El cuerpo no necesita rendirse: necesita presencia

Una de las cosas que más me costó entender fue que no todo lo que te relaja te hace bien. No todo lo que estira sana. No todo lo que parece espiritual lo es.


En el yoga, la rendición corporal se disfraza de bienestar. Se habla de abrir el pecho, de rendirse al momento, de permitir que la energía fluya. Pero… ¿quién dirige esa energía? ¿A qué se abre realmente el cuerpo cuando repites sin conciencia secuencias diseñadas para invocar entidades o alterar tu vibración?


Hay algo perverso en la espiritusludas edulcorada con la que se presenta. Porque entre susurros, música de fondo y correcciones posturales bienintencionadas, te encuentras repitiendo frases como yo soy uno con todo, mi yo desaparece, no hay separación.


¿Y sabes qué? Eso puede sonar bonito. Incluso verdadero. Pero no lo es… si te desarraiga. Si te desconecta de tu individualidad sagrada. De tu autoridad interior. Del Dios vivo y personal que no necesita que te disuelvas, sino que te eleves desde tu unicidad.

¿Qué tipo de fuerza desarrolla el yoga?

Vamos al grano, que también soy entrenadora: el yoga NO desarrolla fuerza funcional real.


Desarrolla tolerancia al esfuerzo sostenido, cierto control corporal, resistencia estática, pero no mejora ni la potencia, ni la fuerza máxima, ni la fuerza explosiva, ni la resistencia muscular útil para la vida cotidiana o el rendimiento físico.


Lo que algunas personas perciben como “tonificación” o mejora es, muchas veces, una adaptación neural y postural, que no implica ganancia de masa muscular ni refuerzo de estructuras estabilizadoras. De hecho, en muchos casos, hay un deterioro progresivo del equilibrio postural porque se estiran tejidos ya laxos, y no se refuerzan los que lo necesitan. Y no lo digo yo sola: estudios biomecánicos recientes han mostrado que las posturas de hiperflexión sostenida, especialmente en columna lumbar y cervical, aumentan el riesgo de pinzamientos, protrusiones discales, y desajustes sacroilíacos.


El cuerpo humano no está diseñado para mantener esas posiciones durante minutos con carga pasiva, sin preparación previa, sin refuerzo, y mucho menos a repetición semanal durante años.

Los estiramientos pasivos: ¿mito o riesgo?

Otro punto clave: el yoga se basa, en gran parte, en estiramientos pasivos. Esto, durante años, fue sinónimo de salud. Hoy, no lo es. A no ser que tengas un músculo acortado por un patrón lesional muy específico, estirar pasivamente no mejora la flexibilidad útil ni previene lesiones.


Lo que mejora el rango articular real y la salud del tejido conectivo es la combinación de fuerza excéntrica + movilidad activa, no la elongación pasiva sin carga ni control. Además, los estiramientos mantenidos inhiben momentáneamente la capacidad de contracción del músculo, lo que puede ser incluso contraproducente si se hacen antes del entrenamiento o en personas con debilidad de base.


Así que no: ni es lo más recomendable, ni es lo más útil. Pero claro, si solo te quedas con la sensación de que “sales flotando” de clase, es fácil caer en la trampa.

No es exagerado decir que no es inocente

Sé que muchas personas —quizá incluso tú que estás leyendo— han sentido alivio, paz o bienestar al practicar yoga. Lo sé. Yo también lo sentí. Pero eso no hace inocente al sistema. Tampoco lo hace verdadero.


Las prácticas espirituales tienen puertas y códigos. El yoga, incluso en sus versiones “fitness”, no es una gimnasia secular: es un sistema espiritual integrado en una cosmovisión religiosa específica, el hinduismo, que no puede disociarse de sus fundamentos, por mucho que se le quite la mística o se le quite el nombre. Una asana no es solo una postura. Es un gesto ritual que invoca una energía concreta. Y esa energía no es neutra.


Por ejemplo:


● La postura de Shiva (Natarajasana) no es solo un equilibrio bonito: representa al dios que destruye el ego… y el mundo. En su danza cósmica, aniquila para transformar. ¿Eso es lo que quieres activar?
● Hanumanasana, la postura del mono, honra a Hanuman, símbolo de devoción, sí, pero también de sumisión. ¿A quién te estás rindiendo?
● El Saludo al Sol no es una forma de despertar articulaciones: es un rito solar que rinde tributo a Surya, dios del Sol, al que se le ofrecían cánticos (mantras) y gestos (mudras).


No se trata de tener miedo. Se trata de tener criterio espiritual. Porque si tú no sabes lo que estás invocando, alguien más lo sabrá por ti.

Chakras, serpientes y la disolución del yo

Una de las ideas más repetidas en clases de yoga, incluso en centros “modernos”, es la de activar los chakras o despertar la kundalini. Parece poético, misterioso, profundo. Pero…¿qué es realmente?


● Los chakras son centros energéticos descritos en tradiciones tántricas hindúes. No están documentados anatómicamente. No se pueden ver ni medir, aunque se les asocien glándulas endocrinas.
● El despertar de la kundalini es descrito como la activación de una energía serpentina que reposa enroscada en la base de la columna, y que asciende por los canales sutiles (nadis) hasta abrir el “tercer ojo” o coronilla.


Y sí, lo sé. Parece una metáfora bonita. Pero el simbolismo de la serpiente en la tradición judeocristiana no es neutro: es símbolo de engaño, de caída, de confusión disfrazada de iluminación.


Lo que en algunas culturas se presenta como “poder espiritual”, puede ser —desde otra
visión— una alteración de la conciencia que abre puertas equivocadas.
¿Y qué pasa cuando se busca la disolución del yo?


Se habla de fundirse con el todo, de desaparecer como individuo, de no tener identidad. Pero… eso no es libertad espiritual, es pérdida de soberanía. No venimos a desaparecer, venimos a encarnar. A habitar nuestro cuerpo como templo, no a rendirlo a entidades no discernidas.

¿Y qué pasa con las respiraciones de yoga?

Este punto es delicado, pero crucial. Porque la respiración no es un juego, ni una herramienta inocente. Es uno de los sistemas más potentes de autorregulación corporal que tenemos… y también uno de los más malinterpretados.


Muchas de las técnicas que se imparten en yoga —como el kapalabhati, el ujjayi, o la respiración alterna (nadi shodhana)— tienen una estética que fascina. Respiras raro, haces ruido, sientes algo… y piensas que estás limpiando, liberando, evolucionando. Pero lo que no se dice es que ese “algo” que sientes muchas veces es una respuesta de estrés.


El kapalabhati, por ejemplo, que consiste en exhalaciones rápidas y forzadas por la nariz, estimula el sistema simpático. Puede generar una activación del nervio frénico y de los músculos accesorios de la respiración (como el esternocleidomastoideo y los escalenos), llevando al cuerpo a una hiperventilación transitoria. Esto produce un descenso en los niveles de CO₂ en sangre (hipocapnia), lo que puede reducir el flujo sanguíneo cerebral y causar mareo, confusión, e incluso ansiedad.


El ujjayi, esa respiración que crea un sonido ronco cerrando parcialmente la glotis, genera una resistencia al paso del aire. En teoría se dice que calma y enfoca la mente. Pero biomecánicamente interfiere en el patrón natural de la respiración diafragmática, reclutando en exceso la musculatura de la garganta y del cuello. A largo plazo, esto puede alterar la relación entre el diafragma y el suelo pélvico, disminuir la eficiencia del intercambio gaseoso y afectar negativamente la presión intraabdominal.


Y la respiración alterna por fosas nasales, nadi shodhana, aunque parece inofensiva, no siempre está indicada. Si se realiza con apnea o con control forzado de los ritmos inspiratorios y espiratorios, puede generar un desequilibrio en la variabilidad de la frecuencia cardíaca y en la coherencia cardiopulmonar. Además, si la persona no domina la base de una respiración funcional, diafragmática y sin bloqueos, este tipo de ejercicios solo
un patrón disfuncional.


Estos pranayamas fueron diseñados para cuerpos con una fisiología distinta. Para personas que vivían en quietud, en contacto con la naturaleza, sin pantallas, sin tráfico, sin luces LED por la noche, sin ultraestímulos. Hoy, sin esa base, sin ese contexto, y con sistemas nerviosos saturados, lo que estas respiraciones hacen muchas veces no es sanar, sino distorsionar.


No es exagerado decir que hay mujeres que, tras meses o años de hacer estas respiraciones en sesiones de yoga, han cronificado su disfunción diafragmática, han empeorado su insomnio, su tensión mandibular, su fatiga crónica o su incontinencia urinaria leve. Pero como nadie lo relaciona con la “respiración sagrada” del yoga, se sigue repitiendo como si fuera un dogma inocuo.


Ya que veces pensamos que lo espiritual está en otra esfera, lejos del cuerpo. Pero no hay trampa más peligrosa. Porque muchas veces es el cuerpo el que paga la factura de lo que no entendemos.

Respirar bien no es respirar raro

La respiración sana es simple, silenciosa, fluida y libre.


Debe iniciar en el abdomen bajo, implicando al diafragma torácico como músculo principal. El intercambio gaseoso óptimo depende de un equilibrio fino entre oxígeno y dióxido de carbono.


El diafragma, al activarse correctamente, masajea los órganos abdominales, regula la presión torácica, equilibra el sistema nervioso autónomo y sincroniza la respiración con el ritmo cardíaco.


Eso no lo consigue una respiración superficial, clavicular, ni una que se hace con esfuerzo y dramatismo. Lo consigue una respiración encarnada, consciente pero no forzada, natural pero no descuidada.


Y sí, se puede aprender. Pero no en una esterilla disfrazando el control como trascendencia.

Meditar no es monopolio del yoga

Que no te engañen: el yoga no inventó la meditación. Ni la respiración consciente. Ni el silencio interior.


Rezar un rosario es un acto meditativo. Repetir una jaculatoria con intención amorosa, una forma profunda de reprogramación espiritual. Sentarte en silencio con la Escritura en la mano y el alma abierta… es una forma de contemplación más antigua, más sólida, y mucho más conectada con la Verdad que diluirte en un océano sin coordenadas.


Hay quien me dice:


—“Bueno, pero yo no creo en nada. A mí el yoga solo me relaja”. Lo entiendo. Pero permíteme esta imagen: tomarte una infusión no te convierte en chamán, pero si esa infusión está hecha con sustancias que alteran tu conciencia… igual no deberías tomarla con tanta ligereza.


Y si me dices:


—“Pero yo lo practico sin intención espiritual, solo por moverme”. Déjame responderte con amor, pero con firmeza: la intención solo es la mitad de la ecuación. La otra mitad es el marco en el que te estás moviendo.

Lo que aprendí al salir del laberinto

Mis años en la New Age me dejaron el en el caos, y de ahí mi única forma de salvarme fue el agnosticismo, con una mezcla de estoicismo y entrenamiento de fuerza (y pilates con aparatos) también me salvó la vida dejar mis 15 años de veganismo.


Practiqué yoga, rebirthing, respiraciones holotrópicas, el curso de milagros, meditaciones lunares… y todo lo que parecía ayudarme a “sanar”. Y lo que hacían, en realidad, era abrir grietas donde debía haber cimientos.


Confundí paz con evasión. Confundí apertura con rendición. Confundí espiritualidad con espectáculo. Hasta que entendí —por fin— que mi cuerpo no era una herramienta para ascender, sino el templo donde Dios quería habitar.


Que no había que fundirse con nada, sino ocuparse de reinar en lo que me había sido confiado.


Y que las prácticas que disuelven el yo, oscurecen el discernimiento y anulan la voluntad no pueden venir del Espíritu que da vida.

Entonces… ¿todo el yoga es malo?

Lo que es peligroso es el sistema, no cada estiramiento o respiración aislada.


Lo que critico y descarto rotundamente es el envoltorio con el que se ofrece, la falta de discernimiento, y el marketing moderno que lo vende como inofensivo, cuando no lo es.


¿Quieres estirar? Hay métodos activos, conscientes y seguros.


¿Quieres respirar mejor? Hay entrenadores respiratorios formados en ciencia.


¿Quieres meditar? Hay mil formas sanas, antiguas y profundamente humanas de hacerlo.


Y si lo que quieres es encontrar paz, empieza por habitar tu cuerpo con verdad y dejar que tu alma sea iluminada, no entretenida.


Así que … No, gracias. Porque no necesito disolverme. Porque no tengo que rendirme a ningún dios con forma de animal, de energía serpentina o de mantra ininteligible.


Porque ya he sido redimida. Porque ya tengo templo. Y porque en ese templo, cada vez que respiro, me muevo, y vivo… ya habita la Presencia. Y eso, amiga, no me lo da ningún asana.